La Paya no es papaya

«LA PAYA NO ES PAPAYA»

Por: Fidel Améstica

La frase del título corresponde a Isaías Angulo, «el Profeta», de Las Vizcachas, y fue el titular de portada sobre su imagen para la Revista del Domingo del diario El Mercurio, con fecha 23 de noviembre de 1969. Ya entonces era tema que el arte de la paya corresponde a algo a tomar en cuenta con bastante atención. Es la época en que Lázaro Salgado era reconocido como un payador neto; los años en que Pedro Yáñez se adentraba y aprendía de este mundo. 1969 es también el año en que el Instituto de Investigaciones Musicales de la Universidad de Chile publicó Contra-punto de Tahuada con Don Javier de la Rosa, recreación en coplas en impreso y audio, y en las voces de Santos Rubio como el Mulato y Manuel Dannemann como el hacendado, acompañados por los guitarroneros Manuel Ulloa (de Pirque) y «el Profeta» Angulo, respectivamente. En 1970, el octavo tema del disco El Hombre de Rolando Alarcón se llama «Noche de contrapunto», relato en coplas y pulso chilote del duelo de marras.

Estaba en el aire, más que un redescubrimiento, el anhelo de vivir este arte; de hurgar y asombrarse. La paya se confundía, y hasta hoy, con el canto a lo humano y lo divino, y sucedía porque es común que muchos payadores también cantan a lo humano y lo divino, y viceversa. Ambos son de una matriz cultural común: el canto a lo poeta. El golpe militar detuvo muchos procesos ciudadanos, culturales e identitarios, y el retorno a la democracia estuvo marcado también por una lenta recuperación de la memoria patrimonial, con raigambre, en fin, de las luces de nuestra alma como país, la que quizás vendimos al diablo al permitir la descohesión social y apostar al estatus que da el acceso al consumo.

A partir del Decreto 131 de 2017, bajo la presidencia de Michelle Bachelet, y a instancias de Agenpoch, una de las tantas agrupaciones de canto a lo poeta de nuestro país, que se sumó a gestiones iniciadas por otras asociaciones del Cono Sur de payadores ante el Mercosur para declarar la paya («payada» en Argentina y Uruguay) como patrimonio cultural de dicho conglomerado, del que Chile no es miembro pleno sino que asociado, se instituyó, como dije a partir del Decreto 131, el 30 de julio como el Día Nacional del Payador. Es un hito, una marca para preguntarse, y bueno, desde ahora, ¿qué viene?, ¿qué tenemos que hacer?

Los hitos convocan desafíos para llegar al siguiente, y agregar así otro punto en el dibujo histórico de una trayectoria. Por ejemplo, hasta no hace mucho, era frecuente que quienes llegaban a la paya entraban por el canto a lo humano y lo divino, desde ahí aparecían: tras el ejercicio de la memoria para cantar, se pasaba a la improvisación, es decir, cantar componiendo el verso en acto. Era costumbre más que tradición, términos parecidos aunque no necesariamente apuntando a lo mismo, no son idénticos. Hoy en día, muchos jóvenes entran directo a la paya, la mediación del canto a lo humano y lo divino no tiene el mismo papel; y tiene que ver con las transformaciones en la comunicación y el traspaso de la información: cualquier interesado puede adquirir conocimientos y tutoriales acudiendo a YouTube, audios, PDF, y un cuanto hay, en relación con elementos poético-musicales del canto a lo poeta y, en específico, de la paya.

Pero esto es la mitad del asunto. La otra es la presencial, los encuentros y espectáculos de payadores; esto es irreemplazable. La paya implica la adquisición de ciertas habilidades e ingenio (como el Mulato Taguada), pero también de cultivo, el que se adquiere leyendo y viajando (así, Don Javier de la Rosa), lo que hoy es posible gracias a los lazos internacionales con tradiciones similares. La paya no se produce en el payador, él cataliza en el verso algo que está entre el público y él, en la contingencia, en los sueños, anhelos, dolores y frustraciones colectivos, en lo azaroso del instante, el lugar, todo ello en el lenguaje común, que no es el lenguaje simple ni simplón, sino que el lenguaje cuyos códigos son compartidos en igualdad de condiciones por todos, por lo que cualquier verdad o afirmación corre el riesgo de ser desbancada una vez dicha. Nadie renuncia a deliberar si no puede imponer sus propios términos. Aquí, en la cancha se ven los gallos; la Retórica de Aristóteles y la de Quintiliano, en la paya, son preceptiva en movimiento.

La cuarentena global ha atentado contra el corazón de la paya, la presencia física, compartir e interactuar antes, durante y después del espectáculo. Ninguna aplicación informática reemplaza la presencia física, menos la realidad espacial, que acoge a una comunidad, a un público, a un pueblo; puede ser un complemento no desechable, pero no la reemplaza. Un público que observa y oye desde un smartphone o un laptop no genera vínculos ni vivencias con los otros asistentes intercambiando palabras, gestos y miradas; es algo extraño y ajeno mirar pequeños recuadros, cuando los hay, de los otros desde sus pantallas. Volverán los escenarios, tarde o temprano, autogestionados la mayoría de ellos; todos seguimos verseando como podemos, porque hay muchas cosas que decir, no solo vociferar ni esconderse detrás de las consignas; y hay que aprender a decir lo que hay que decir, a cantarlo, de frente. Y esto plantea tres desafíos concretos:

Cómo resolver la carencia de un circuito fuerte y permanente de escenarios. En términos de gestión política, la paya no es solo patrimonial, es sobre todo una de las artes del espectáculo, y requiere como tal de lógicas pertinentes, tácticas y estratégicas, desde el Estado, la civilidad y los propios payadores. Cantar también es un trabajo, es otro tipo de alimentación básica de las mentes y almas de los seres humanos, y la inanición en este ámbito facilita la aparición de turbas destructoras no solo de las calles, sino que también de los símbolos que compartimos, materiales e inmateriales, e incluso a través del gallinero (que no foro ni ágora) que a veces pueden ser las redes sociales.

Cómo contribuir a la formación de un payador. Todos hemos aprendido como nos ha sido posible, pero en esta práctica del canto improvisado ya es visible que se requiere sistematizar una escuela poético-musical del canto a lo poeta, ya no solo de la paya. No hablo de construir un recinto educacional y contratar profesores y aplicar una metodología «pedagógica curricular». Debe haber disponibles lugares de encuentro, sí, poetas y payadores creando sus propias metodologías y evaluaciones, intercambiar con muchísimos saberes y personas; a los niños, hacerlos aprender estos códigos poético-musicales tempranamente, iniciarlos desde por lo menos los cinco años. De este modo, no solo se forma a payadores y cantores a lo humano y lo divino, sino que especialmente a un público, del que depende muchas veces la virtud de un payador, porque no quiero hablar de «calidad» ni de control de calidad, esos son otros códigos. Es tanta la tradición que hay, que es menester sistematizar al menos parte de lo que existe y hemos recibido; conocemos experiencias que han puesto a sus tradiciones en lo más alto, y los ciudadanos han crecido con otro nivel cultural, con herramientas de lenguaje que han ayudado a fortalecer su mente y su espíritu en la construcción de sus propias vidas.

Cómo integrar formalmente, en los planes y programas de educación, estos saberes y prácticas. No solo haciendo talleres, porque su alcance es muy limitado y sería, es, un saludo a la bandera; sino formando a profesores en complejos culturales como el canto a lo poeta; interviniendo directamente en la creación de textos escolares que toman estos temas, digámoslo claro, de modo aberrante y pobre, textos que licita el Estado a través del Ministerio de Educación; y en especial, siendo parte de la formación de nuestros niños y jóvenes yendo regularmente, por diversos mecanismos y propuestas, a compartir lo que hacemos, vincularnos, unos y otros.

Si las agrupaciones de canto a lo poeta que funcionan en Chile logran visualizar estos tres desafíos, tienen la posibilidad de actuar no pensando todos lo mismo (porque eso es la inmoralidad de los consensos), sino que coordinando todas sus diferencias, con las cartas sobre la mesa, y lograr un estatus mucho más robusto en lo gremial, patrimonial, artístico y económico para todos.

El Estado sigue en deuda con los payadores y el canto a lo poeta, por cuanto forma parte de su deber el «amparo de la protección del derecho a la educación, […] estimular la creación artística y la protección e incremento del patrimonio cultural de la Nación» (Decreto 131). Y la paya, más aun en este contexto, no es, para nada, papaya.

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«LA PAYA NO ES PAPAYA»